CÓMO SURGIÓ NUESTRA EMPRESA…
BRYCE - CAPITÁN
Bryce es un capitán con amplia experiencia, ingeniero naval e instructor de vela que se siente en su elemento cuando las velas están izadas. Con múltiples travesías oceánicas a sus espaldas, aporta profundos conocimientos técnicos, serenidad a la hora de tomar decisiones y pasión por la enseñanza, ya sea explicando el funcionamiento del barco, analizando las condiciones meteorológicas o dejándote tomar el timón.
RYA Yachtmaster Ocean (con habilitación comercial)
Ingeniero naval
Instructor de vela de la RYA
Instructor de buceo PADI
Se le conoce por: arreglarlo todo a bordo y saber interpretar el viento mejor que el parte meteorológico.
KARIN - PRIMERA OFICIAL/ANFITRIONA
Karin es una capitana con licencia comercial que cuenta con dos travesías del Atlántico a sus espaldas y una trayectoria que combina la pericia náutica con la hospitalidad. Se encarga de que todo transcurra sin contratiempos —desde la navegación hasta la comida a bordo— y, al mismo tiempo, se asegura de que todos se sientan relajados y bien atendidos.
Título de patrón de la RYA (con habilitación comercial)
Nivel 2 de lanchas a motor
Certificado PADI Advanced Open Water Scuba Diver
Chef de yate y certificado en seguridad alimentaria
Conocido por: «El primeroen ver delfines, el último en sentarse».
NUESTRA HISTORIA
Somos Bryce y Karin: navegantes, pareja y los creadores de esta experiencia
Entonces, un amigo íntimo falleció en un accidente repentino. Había llevado una vida llena de aventuras y nunca había esperado a que llegara «algún día». Esa pérdida lo cambió todo. Le planteó una pregunta que Bryce ya no podía seguir ignorando: si no es ahora, ¿cuándo?
Así que vendió casi todo lo que tenía, escribió una carta a su jefe y les dijo a sus compañeros de trabajo que dejaba el trabajo para hacerse marinero e instructor de buceo en algún lugar de Europa. La mayoría de la gente no le creyó.
Hasta que, de hecho, se marchó.
Me llamo Karin. Crecí en Chile, en un barrio humilde, y me mudé a España a los 18 años en busca de oportunidades y de una vida diferente. Estudiaba, trabajaba, hacía lo que me parecía lógico: construir mi vida paso a paso.
Cuando estalló la pandemia, ya nada tenía sentido.
Bryce estaba trabajando en un barco en alta mar. España era uno de los pocos puertos que permitía la entrada de embarcaciones, así que tuvo que pasar la cuarentena a bordo, sin poder bajar al muelle. Yo estaba en Barcelona, y solo se me permitía salir a determinadas horas.
Antes de que la navegación se convirtiera en nuestra vida, era algo que Bryce solía contemplar desde la distancia. Largas noches de trabajo en Vancouver, terminando los turnos a las tres o cuatro de la madrugada, limpiando un bar mientras los veleros se deslizaban silenciosamente por el puerto al otro lado de la ventana. La vida parecía ajetreada, agotadora… y, de alguna manera, alejada de lo que realmente importaba.
Tras meses de búsqueda, la encontramos en Trinidad y Tobago. ¡Qué pena...!
Necesitaba muchas reformas, pero nos convenció. La reconstruimos nosotros mismos, pieza a pieza, hasta que estuvo lista. Navegamos con ella hasta las Islas Vírgenes Británicas y realizamos nuestros primeros chárters totalmente independientes.
Al final, volvimos a cruzar el Atlántico, esta vez de vuelta a Europa.
Nuestras primeras citas tuvieron lugar a través de la valla de un puerto deportivo.
Nos quedábamos allí, uno frente al otro, hablando de la vida, riéndonos de lo absurdo que era todo. Parecía como si el mundo se hubiera detenido, pero, de alguna manera, todo lo importante estaba sucediendo justo allí.
Entonces, todo se vino abajo de golpe.
Bryce perdió su trabajo. La empresa para la que trabajaba cerró. De repente, la universidad me pareció algo alejado de la vida real, como si perteneciera a una versión del mundo que ya no existía. No había caminos claros, ni garantías, ni motivos para fingir lo contrario.
Así que hicimos algo muy sensato...
Cruzamos el Atlántico en un velero: 33 días en el mar con todas nuestras pertenencias reducidas a unas mochilas. No fue nada glamuroso. Estábamos cansados, mareados y, a menudo, nos cuestionábamos nuestra decisión. Una noche, atrapados por el mal tiempo, estábamos empapados, agotados y centrados únicamente en superar aquello juntos.
Y luego hubo momentos que hicieron que todo mereciera la pena.
Delfines nadando junto al barco. Amaneceres que parecían de ensueño. Noches en las que el agua brillaba con bioluminiscencia y el cielo nos recordaba lo pequeños —y afortunados— que éramos.
Cuando llegamos al Caribe, no teníamos ningún plan. Ni trabajo. Solo una pregunta: ¿y ahora qué?
En Antigua, nos fijamos en unos barcos que estaban ahí sin usar, abandonados, pero llenos de potencial. Llegamos a un acuerdo con una escuela de vela y nos quedamos con uno de sus barcos olvidados. Bryce renovó los sistemas y el motor. Yo cosí a mano una lona de protección. Reparamos las velas, limpiamos, arreglamos y ajustamos, día tras día.
Ese barco fue recuperando poco a poco su vida. Y entonces, subieron a bordo nuestros primeros huéspedes.
Así es como nació «The Sailing Adventure»: ofreciendo travesías en un barco al que la mayoría de la gente ya había dado por perdido.
Pero los dos sabíamos que, si queríamos tener el control total sobre la experiencia —el ritmo, la atención, la libertad de ir a cualquier sitio—, necesitábamos algo propio.
Lo que comenzó como un acto de fe se fue convirtiendo poco a poco en algo sólido, deliberado y duradero.
Hoy en día, «The Sailing Adventure» refleja nuestra forma de vida.
No organizamos excursiones masivas. Navegamos. Damos la bienvenida. Aceptamos grupos reducidos porque menos gente significa más espacio, mejores conversaciones y una experiencia más tranquila. Ofrecemos buenas bebidas y comida de calidad porque así es como recibiríamos a nuestros amigos a bordo. Nosotros mismos nos encargamos del mantenimiento de nuestro barco porque no es solo una herramienta: es nuestra historia.
Hemos cruzado océanos. Hemos reconstruido barcos. Sabemos dónde encontrar las calas, la luz y esos momentos de tranquilidad que la mayoría de la gente se pierde.
No se trata de precipitarse ni de cumplir con lo mínimo.
Se trata de tomarse las cosas con calma, optar por la aventura y recordar por qué querías estar en el agua en primer lugar.
Ese es el espíritu que aportamos a bordo.